Después de casi dos meses de la victoria de la selección española de fútbol en el Mundial 2010 de Sudáfrica, aún se pueden seguir viendo banderas patrias constitucionales colgadas de los balcones. Algunas han ido desapareciendo, otras siguen expuestas a un sol abrasador. Dicha enseña sirvió para animar al equipo de fútbol que lo está ganando todo, esa selección nutrida principalmente de jugadores del F.C. Barcelona, de modo que la rojigualda se ha convertido en un emblema deportivo más como una bufanda o pintura facial mezclada de lágrimas. También sirvió para restregarla en la cara (a veces literalmente) a rubios de ojos azules previa pregunta por su nacionalidad. A esto en mi pueblo lo llaman chovinismo. Un emblema institucional normalmente representa a los poderes del Estado incluyendo a las fuerzas armadas o a los tribunales según la definición que diera de él Max Weber, así que de ver desfilar a militares o a presidir actos diplomáticos, la rojigualda ha sido mostrada para que los nuevos gladiadores lleguen hasta la “victoria final” en las distintas batallas que se han ido aconteciendo en el “césped de batalla”. En tiempos de crisis y debilitamiento de los servicios públicos (prestación del Estado), sólo tenemos ojos para un balón.
Esto ocurría este verano, pero si retrocedemos algunos meses atrás, en el pueblo portugués de Valença do Minho, limítrofe con Galicia, también pudieron verse banderas españolas colgadas en los balcones. Su significado/reivindicación era bien distinta a la futbolística; protestaban por el cierre de sus servicios de urgencias (regidos por el gobierno de Portugal) de modo que debían acudir a la localidad pontevedresa de Tui. Como acto de manifestación y agradecimiento, los vecinos afectados colgaron rojigualdas de sus balcones denunciando el recorte de servicios públicos que el gobierno luso había realizado en la zona.
Portugal, con un cambio modélico (la famosa “Revolución de los claveles” del 25 de abril de 1974) de una dictadura a la democracia, dio por aquel entonces una clase magistral sobre cómo usar emblemas institucionales sin caer en el chovinismo más cutre y rancio de golpes en el pecho. Y ha vuelto a hacerlo. Nicolas Chauvin posee una legión de fanáticos que ni ellos mismos lo saben. Mientras, en el plano deportivo, la selección española venció a la portuguesa en octavos de final de dicho campeonato, pero el gol simbólico por la escuadra de la población lusa ha sido legal, por la escuadra y en el último minuto. Ya lo decía George Brassens en boca de Paco Ibáñez: “En el mundo pues no hay mayor pecado que la de no seguir al abanderado”.
Nota: La foto que decora este comentario pertenece a la manifestación de Valença do Minho.










